ADIÓS A UN SÍMBOLO DE MALLORCA

El fin de una era: Agama echa el cierre definitivo y deja herido de muerte al campo mallorquín

Damm confirma el cese de actividad de la emblemática central lechera, una decisión que fulmina el kilómetro cero en la isla y pone en jaque la soberanía alimentaria de Baleares, mientras los ganaderos locales se enfrentan a un futuro negro sin compradores para su producción de leche fresca.

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Foto antigua del camión de AGAMA

Mallorca se despierta con un nudo en la garganta. El Grupo Damm ha dictado sentencia de muerte para Agama, la marca que durante décadas ha sido el latido blanco de nuestras despensas. No es solo el cierre de una fábrica; es el fin de un símbolo de mallorquinidad. Según ha confirmado la compañía este martes, la actividad cesará este mismo 2026, dejando a los trabajadores en un limbo de recolocaciones y a las vaquerías de la isla ante un abismo sin retorno.

La agonía de Agama no ha sido un accidente, sino una crónica anunciada. Fuentes del sector apuntan a una competitividad herida por la insularidad: producir un litro de leche en Mallorca es un 50% más caro que traerlo de la Península. La "agresividad" de las marcas blancas ha terminado por devorar el romanticismo del producto local. Hoy, el 95% de la leche que bebemos ya no es nuestra, y con este cierre, el porcentaje roza la desaparición total.

AGAMA
AGAMA

La indignación recorre la Part Forana. Los ganaderos de granjas históricas como Son Carbó, Ses Veles y Son Bernat —que suman más de 400 vacas— ven cómo el acuerdo estratégico que el Govern declaró hace apenas 20 meses se convierte en papel mojado. "Es un atentado contra nuestra soberanía", claman desde las asociaciones agrarias, mientras recuerdan que ya en septiembre se anunció el recorte en las compras de leche que anticipaba este desastre.

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Cartel publicitario antiguo de AGAMA

La sombra del desmantelamiento planeaba desde que la producción de Laccao se trasladó a Cataluña. Los trabajadores denuncian una "estrategia calculada" para dejar morir la planta de Palma. Mientras la política se enreda en reproches sobre la gestión de fondos públicos, el paisaje de Mallorca pierde su esencia: sin vacas no hay campo, y sin campo, la isla pierde una parte de su alma.

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