El Mallorca de Demichelis revive sus peores pesadillas tras desplomarse ante el Alavés
La sensación que desprende este Mallorca es la de un enfermo que cree estar curado y sufre una recaída fulminante en cuanto el aire sopla de cara. Lo vivido en Vitoria no es solo una derrota; es un bofetón de realidad que escuece por la forma en que se produjo. El equipo salió con un plan que, durante 45 minutos, pareció dotar de sentido al sistema de Demichelis. El orden atrás era riguroso y la apuesta por el rombo en la medular —con Samu Costa y Darder escoltando— permitía transiciones eléctricas.
El gol de Jan Virgili en el minuto 18 fue una oda al atrevimiento. El joven catalán recibió, encaró y dibujó una rosca perfecta a la escuadra de Sivera. Era el escenario soñado. Sin embargo, la ventaja funcionó como un somnífero en lugar de como un estímulo. El equipo se refugió en una trinchera de cristal, confiando en que el oficio bastaría para contener a un Alavés que se jugaba la supervivencia.
Un colapso táctico y anímico
Tras el descanso, el Mallorca desapareció. Resulta incomprensible cómo un conjunto profesional puede ceder tantos metros y permitir que el rival incline el campo con tal facilidad. La banda defendida por Mojica se convirtió en una autopista para Ángel Pérez, que castigó una y otra vez la falta de ayudas defensivas. La intensidad, ese valor no negociable en la lucha por la permanencia, brilló por su ausencia en las filas mallorquinistas.
El empate de Toni Martínez en el 56', tras un córner donde la marca fue inexistente, fue el prólogo del desastre. Los fantasmas de la etapa de Jagoba Arrasate —aquella fragilidad en los balones parados y la desconexión en momentos críticos— han regresado con una fuerza devastadora. El segundo tanto, de nuevo obra de Martínez, retrató a una zaga que actuó como un flan, permitiendo un remate dentro del área tras un rebote en David López.
El abismo en el calendario
La situación es alarmante. Quedan cinco finales y tres de ellas son lejos de Son Moix, donde puntuar se ha convertido en una quimera. El descenso se comprime y la apatía mostrada en la segunda parte sugiere que los problemas no eran solo de dibujo táctico, sino de alma. Muriqi naufragó como una isla desierta en ataque y la sala de máquinas, antaño fiable, se gripó ante la presión babazorra. Si el Mallorca no recupera la agresividad y el rigor de inmediato, el precipicio dejará de ser una amenaza para convertirse en realidad.