Chuck Grassley: el senador de 92 años que rozó la presidencia de los Estados Unidos
El caos desatado en el hotel Washington Hilton tras el ataque de Cole Tomas Allen no solo puso en jaque la vida de Donald Trump, sino que situó al país al borde de una carambola institucional sin precedentes. Mientras los agentes del Servicio Secreto reducían al tirador, la arquitectura del poder estadounidense se tambaleaba: con el presidente, el vicepresidente J.D. Vance y el líder de la Cámara Mike Johnson expuestos en el mismo radio de acción, el mando de la potencia mundial habría recaído automáticamente en Chuck Grassley. A sus 92 años, el veterano legislador de Iowa se convirtió, durante los minutos que duró la incertidumbre, en el último bastión de legalidad para evitar un vacío de mando absoluto en el Despacho Oval.
La figura de Chuck Grassley no es nueva en la política de Washington, pero su relevancia como presidente pro tempore del Senado alcanzó una dimensión crítica la noche del 25 de abril. Según la Ley de Sucesión Presidencial, este cargo —otorgado tradicionalmente al miembro de mayor antigüedad del partido mayoritario— es el tercero en la línea sucesoria, justo después del vicepresidente y del presidente de la Cámara de Representantes. Dado que el atacante buscaba "eliminar a la mayor cantidad posible de altos cargos", y que seis de los siete primeros sucesores compartían mesa y mantel con Trump, la supervivencia del sistema democrático dependió de un hombre nacido antes de la Segunda Guerra Mundial.
El protocolo del superviviente designado, activado con rigor desde la década de los 80, con el intento de asesinato de Ronald Reagan, falló por una omisión logística que la administración ahora intenta justificar. Aunque la secretaria de prensa Karoline Leavitt argumentó que no se designó a nadie porque varios miembros del gabinete no asistieron a la cena, la realidad es que la seguridad nacional quedó pendiendo de un hilo biológico. Si las intenciones de Allen se hubieran materializado, Grassley habría tenido que jurar el cargo de inmediato para dirigir una nación en estado de shock, evidenciando las carencias de la 25ª Enmienda cuando el peligro es simultáneo y localizado en un solo evento social.
Este episodio ha reabierto el debate sobre la idoneidad de que cargos ceremoniales y de avanzada edad sostengan el peso de la sucesión en la era de las amenazas globales. Mientras Donald Trump insiste en que mantendrá su agenda pública, el Pentágono y los servicios de inteligencia ya trabajan en una reforma del protocolo de asistencia a actos multitudinarios. La imagen de un Grassley nonagenario despertando como comandante en jefe el 26 de abril es hoy el principal argumento para quienes exigen una dispersión obligatoria de los líderes del Capitolio y una revisión profunda de quién debe ser custodiado bajo tierra cuando el presidente sale a cenar.
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