El langostino café coloniza el Mediterráneo y amenaza el trono de la gamba de Sóller
La expansión del Penaeus aztecus, un crustáceo originario del Golfo de México, ha dejado de ser un avistamiento aislado para convertirse en una plaga rentable. En apenas cuatro años, las capturas en el Levante han pasado de ejemplares testimoniales a registros de 40 kilos diarios por embarcación. Este invasor, que ya se reproduce con éxito en el Delta del Ebro, avanza hacia las costas de Mallorca, situándose como un competidor directo en el mercado frente a la emblemática gamba de Sóller.
La biodiversidad del mar balear se enfrenta a un nuevo inquilino que no ha pedido permiso para entrar. El langostino café, una especie exótica con una capacidad de dispersión asombrosa, ha consolidado su presencia en el Mediterráneo occidental. Según datos de la cofradía de pescadores de la Ràpita y estudios del ICATMAR, la detección de hembras reproductoras confirma que el ciclo vital de este animal ya es plenamente mediterráneo. No llegaron nadando: la hipótesis científica principal, respaldada por fuentes como The Guardian en sus análisis sobre especies invasoras en el sur de Europa, apunta al agua de lastre de grandes buques transatlánticos que habrían liberado larvas en puertos estratégicos.
A diferencia del temido cangrejo azul, que destruye redes y devora ecosistemas, el langostino café se presenta con una cara más amable para el bolsillo, pero inquietante para la tradición. Mientras la gamba de Sóller mantiene su estatus de joya gastronómica con precios que reflejan su exclusividad, este nuevo competidor llega al mercado con un coste aproximado de 18 €/kg. Su aspecto es una mezcla de identidades: tiene el color pálido y amarronado de la gamba blanca —lo que ha provocado que se venda de forma mezclada en las lonjas hasta ahora— pero mantiene la morfología del langostino.
Diferenciar el langostino café de la gamba de Sóller o el ejemplar blanco autóctono exige precisión visual. El invasor americano presenta una coloración pálida, homogénea y amarronada, carente de las bandas transversales oscuras típicas del crustáceo local. Morfológicamente, su rostro es la clave: posee de 8 a 9 dientes superiores y 2 inferiores, frente a los 12 superiores del nativo. Además, su exoesqueleto es notablemente más blando al tacto. Mientras la gamba balear destaca por su intenso pigmento y tamaño mayor, este ejemplar de Penaeus aztecus se mimetiza en las lonjas por su tono pajizo, aunque su fisionomía delata su origen atlántico.
Patrícia Pardo, investigadora de la Universidad Católica de Valencia, señala que los pescadores ven en él una oportunidad para diversificar ingresos ante la escasez de otras especies como la cigala, afectada por el calentamiento global. Sin embargo, la comunidad científica advierte: en el sur de Italia, el Penaeus aztecus ya ha comenzado a desplazar a especies autóctonas en la lucha por el alimento y el espacio. La pregunta para el sector pesquero mallorquín es cuánto tardará este crustáceo en reclamar las praderas submarinas del archipiélago como su nuevo feudo.