El impacto invisible de los trastornos infantiles en la salud mental de los padres
Investigadores de la Universitat de Barcelona detectan que casi la mitad de los menores con dificultades de aprendizaje sufre ansiedad o agresividad. El estudio confirma que las niñas son las más vulnerables ante la falta de una respuesta integral que apoye también a las familias desbordadas por la carga de cuidados.
Cuando un niño tiene dificultades para hablar, leer o mantener la atención, el foco suele ponerse en sus notas escolares. Sin embargo, una investigación publicada en el Observatorio Social de la Fundación La Caixa y liderada por la Universitat de Barcelona (UB) y la UOC, revela que la verdadera batalla es emocional. El estudio, que analiza a cerca de 300 familias, pone cifras a una realidad demoledora: el 48% de los menores con trastornos del neurodesarrollo no tiene solo un problema, sino que convive con varios a la vez, como la dislexia y el TDAH.
Esta acumulación de etiquetas no es solo administrativa; es una carga psicológica que agrava la depresión y la ansiedad en los más pequeños. Los datos muestran que estos niños presentan un sufrimiento mucho mayor que el resto, manifestando irritabilidad, rabietas y cambios bruscos de humor. No es falta de disciplina, sino una dificultad biológica para regular lo que sienten.
Una brecha de género que empieza en la infancia
El informe destaca un dato alarmante sobre las niñas. Cuando ellas sufren dos o más trastornos, su bienestar emocional se desploma de forma más severa que el de los niños. A menudo, este malestar se vive por dentro, en forma de tristeza o miedos, lo que dificulta que los especialistas detecten el problema a tiempo.
El agotamiento de las madres
En el estudio, el 88% de los participantes fueron madres, lo que evidencia que la responsabilidad del tratamiento recae casi totalmente en las mujeres. El resultado es un incremento crítico del estrés y la depresión en las familias, que confiesan sentirse incapaces de mantener la rutina diaria cuando el desborde emocional aparece.
Expertos como Mari Aguilera o Ernesto Guerra concluyen que la solución no pasa solo por tratar al niño en el aula. Es urgente una mirada humana que incluya a los padres en la terapia. Si la familia no tiene herramientas para gestionar su propio estrés, el avance del menor se estanca. La ciencia pide ahora que las instituciones dejen de mirar solo el expediente académico y empiecen a cuidar el corazón de los hogares.
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