De la peseta al euro: la revolución que cambió Mallorca y nos convirtió en gigantes de Europa
España cumple cuatro décadas en la Unión Europea y nada ha vuelto a ser igual. Lo que empezó como un sueño de democracia se ha transformado en una realidad imparable que ha reconstruido nuestras carreteras, ha abierto nuestras fronteras y ha definido quiénes somos. De la Mallorca aislada a la potencia turística conectada con el mundo: así nos cambió la vida el "club de los 27".
¿Te acuerdas de cuando cruzar la frontera era una odisea de pasaportes y colas interminables? Parece otra vida, pero hace solo 40 años España era un país que pedía paso tímidamente en un continente que miraba con recelo.
Para Antonio, de 60 años, el cambio tiene olor a billete de mil pesetas. "Parece ciencia ficción recordar cuando tenías que cambiar moneda para ir a cualquier lado", comenta mientras pasea por el Paseo Marítimo de Palma, financiado en gran parte por esos fondos europeos que regaron nuestra isla. Para su generación, la entrada en la UE no fue solo política; fue el fin de la oscuridad. Fue pasar del aislamiento a sentir que, por fin, éramos ciudadanos de primera. La Europa de las libertades le dio las infraestructuras que sus padres ni soñaron.
Pero bajemos a los 40 años, la generación de Marta. Ella es la "hija predilecta" de la Unión. Marta no entiende su vida sin la beca Erasmus que la llevó a Berlín y le abrió la mente (y el currículum). Para ella, la UE es la libre circulación, es trabajar en cualquier capital europea como si estuviera en su casa de Inca. Es la protección de nuestros mares y la normativa ambiental que intenta salvar lo que queda de nuestro paraíso mediterráneo. Sin Bruselas, el progreso social en derechos de igualdad que Marta disfruta hoy habría tardado décadas en llegar.
Y luego está Marc, de 20 años. Para él, Europa es algo invisible pero vital, como el aire. Es el roaming gratuito que le permite subir stories desde cualquier rincón de Europa sin pagar un euro de más. Es viajar con aerolíneas low cost que solo existen gracias al cielo único europeo. Marc no se siente solo mallorquín; se siente europeo. Su mayor preocupación es el cambio climático y sabe que la única esperanza de salvar Baleares está en las leyes que se firman en Estrasburgo.
Ha sido un éxito rotundo, pero no exento de vértigo. Hemos pasado de ser los "pobres" que pedían ayuda a ser quienes sostienen el proyecto. Cuarenta años de una historia de amor, con sus crisis y sus retos, que ha convertido a una joven democracia en un referente de derechos, infraestructuras y modernidad. ¡Felicidades, Europa!