Trump expulsa a los hoteleros mallorquines de Cuba: Meliá cede a las amenazas que abrirán paso a las cadenas norteamericanas
El desembarco mallorquín que conquistó el Caribe se recoge entre ruinas energéticas y presiones de alta política. Meliá formaliza este viernes su salida definitiva de Cuba y liquida tres décadas de reinado hotelero tras un acoso implacable de la Administración Trump. Lo que el régimen castrista no tumbó en 36 años lo ha ejecutado Washington en cuestión de meses: un bloqueo quirúrgico a las cadenas de Mallorca que, bajo el velo de las sanciones financieras, busca despejar el terreno tropical para el voraz apetito inmobiliario del capital estadounidense.
El gigante turístico baja la persiana en el Caribe acorralado por el gansterismo de Trump.. Meliá Hotels International liquida este viernes 36 años de presencia en Cuba y abandona sus 34 hoteles. La comunicación enviada a la Comisión Nacional del Mercado de Valores confirma la rendición de la compañía de la familia Escarrer, pionera que abrió la brecha del capital extranjero en la isla en 1990 tras la caída del bloque soviético.
La excusa oficial habla de colapso energético, desabastecimiento y falta de vuelos. Pero el verdadero hachazo lleva el sello de la Administración Trump. La ofensiva de Washington contra el conglomerado militar GAESA busca asfixiar a los operadores europeos mediante la amenaza de exclusión del sistema financiero estadounidense. Una maniobra que en el sector balear se interpreta como una jugada estratégica de manual: limpiar la plaza a golpe de sanción para que, cuando el régimen caiga, sean las grandes cadenas y los fondos de inversión norteamericanos —estrechamente ligados a los intereses inmobiliarios del magnate republicano— quienes desembarquen y se queden con el pastel caribeño.
Para la economía de Mallorca, la estocada tiene un tufo amargo. Cuba no era un destino más; fue el laboratorio donde la hotelería balear inventó el modelo del Caribe y se convirtió en potencia multinacional. Ver a Meliá batirse en retirada —junto a Iberostar o Barceló— supone ver a los pioneros de la isla expulsados de un mercado que ellos levantaron, pisoteados por el rodillo de EE.UU.
Gabriel Escarrer no oculta la impotencia, aunque insiste en que volverán cuando amaine la tempestad. Hoy, sin embargo, la realidad para el empresario de Palma es incontestable: la política exterior norteamericana ha dinamitado décadas de diplomacia turística mallorquina para ir haciendo sitio a sus propios hoteles.
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