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Adiós al hombre que evitó la desaparición del club: muere Miquel Contestí, el eterno presidente del RCD Mallorca

Miquel Contesti

El mallorquinismo llora la pérdida de su figura más trascendental. Miquel Contestí, el presidente que cogió un equipo en las cenizas de la Tercera División y lo llevó hasta la gloria de la Primera, ha fallecido dejando un vacío imposible de llenar. Sin sus avales personales y su fe ciega, hoy el Mallorca simplemente no existiría.

 

Hay nombres que se escriben con tinta y otros que se graban a fuego en el pecho de una afición. El de Miquel Contestí pertenece, por derecho propio, al altar de las leyendas. Hoy, el RCD Mallorca no solo pierde a un expresidente; pierde a su padre fundador de la era moderna.

Contestí ha muerto, pero su legado es el aire que respira cada seguidor que hoy camina hacia Son Moix.

Homenaje a Miquel Contesti 
Corría el año 1978 y el Mallorca era un paciente en coma terminal. Con una deuda asfixiante y hundido en el pozo de la Tercera División, nadie quería tocar un club que olía a quiebra. Fue entonces cuando apareció él. Con más corazón que cálculos, Contestí dio un paso al frente que rozaba la locura. Cuentan las crónicas de la época, y lo confirman fuentes cercanas a la familia, que llegó a poner su patrimonio personal como aval para que el club no bajara la persiana para siempre. "El Mallorca es mi vida", decía, y no era una frase hecha: era una sentencia.

Bajo su mando, el club vivió una metamorfosis alucinante. De los campos de tierra a los estadios de élite. En apenas siete años, lideró el ascenso meteórico hasta la Primera División, regalando a la isla noches mágicas en el Lluís Sitjar.

Estadi Lluís Sitjar 
Su figura era la de un hombre de fútbol, de los que se manchaban los zapatos, cercano y con una intuición privilegiada para fichar talento cuando no había dinero en la caja.
Uno de los momentos que definieron su carácter fue aquella final de la Copa del Rey de 1991. Aunque el trofeo se escapó en la prórroga ante el Atlético de Madrid, Contestí logró que un equipo humilde mirara a los ojos a los gigantes.
Fue el presidente que profesionalizó el sentimiento. Se marchó del palco en 1992, pero jamás se fue del corazón de los bermellones.
Hoy las banderas a media asta en la isla no son por protocolo, son por puro dolor. Se ha ido el hombre que, cuando el barco se hundía, decidió no solo quedarse, sino ponerse al timón y remar contra la corriente más brava. Gracias por todo, Miquel. El cielo ahora es un poco más rojo y negro.